LITERATURA / Manuel Vázquez Montalbán

MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
El Pianista

Un pianista que soñaba con ser concertista, pero que acaba tocando en un club, se enfrenta a su pasado tras la aparición de un viejo conocido que encarna su opuesto: el del vencedor. Sobre la memoria y la ética, sobre el esplendor y caída de un proyecto histórico, Manuel Vázquez Montalbán reflexiona en "El Pianista" sobre el papel del artista en la sociedad contemporánea con tres escenarios de fondo: la Barcelona actual, la de los años cuarenta y el París de 1936.
- Fue allá por los años treinta. Stravinsky le trató muy mal, en fin, el clásico rollo del consagrado que trata despectivamente al joven que va a tocar momia. Y Doria le da la espalda y le dice: entre su música y la mía hay una gran diferencia. La suya ya está hecha y la mía pertenece al porvenir. 
A Ventura se le escapa la risa por entre los labios. 
- ¿De qué te ríes tú?
- Me parece una de esas anécdotas de calendario. Una de esas anécdotas que siempre se les atribuyen a Bernand Shaw o a Churchill. 
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No quedaban aplausos para el viejo pianista que salía desde los bastidores de la derecha y se iba hacía el piano sin molestarse en contestar a los aplausos sobrantes. A Ventura le pareció que iba hacia el piano como si no hubiera en la sala otra cosa digna de su atención y ante él se sentaba, tenso unos segundos, como ubicándose definitivamente, se miraba la punta de los dedos, las manos, y luego estudiaba las partituras para dejar los dedos sobre las teclas en unos primeros acordes que pedían silencio. Era un viejo delgadillo, casi calvo, blanco el poco pelo que le quedaba, cortado al raso, traje bicolor, chaqueta de un traje olvidable y pantalón demasiado ancho y corto para aquellas piernecillas terminadas en calcetines marrones caídos, asomantes sobre zapatos relamidos por los betunes. 

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"Por lo que a mí respecta -añadía Stravinsky-, siento una especie de terror cuando al ponerme a trabajar, delante de la infinidad de posibilidades que se me ofrecen, tengo la sensación de que todo me está permitido": Recordar la prevención stravinskyana y aplicarla sobre la conducta creadora, sea en arte como en política o cualquier otra ordenación de la convivencia, ¿no es acaso el más alto grado alcanzable en el uso de la libertad? Yo me siento libre porque prescindo de la incontención y supedito mi música a reglas naturales que son propias de todo sistema artístico y a reglas sociales que me exige el otro sujeto creados, el público, al que sólo puedo despreciar cuando me consiente lo mediocre o lo falso.

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El pianista pidió silencio con acordes insistentes y hasta las copas y las botellas parecieron hacerle caso, mientras iniciaba el "Amado mío" y Betsy Romeo arrastraba los altos tacones de sus zapatos en un intento de recordar las idas y venidas de Rita entre el quiero y no quiero. Cara a cara con su piano, el pianista interpretaba de espaldas a la realidad de la sala y ni siquiera ladeaba la cabeza par atender el momento en que Betsy Romero le dirigía la sonrisa de mármol que correspondía a aquella esquina del Capablanca. Tampoco se volvió el pianista cuando sonaron los aplausos. 

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- ¿Os habéis fijado en el tema de la historia? El fracaso. Estoy hasta los ovarios de tanto fracaso. 
- No creo que mi tema o nuestro tema sea el del fracaso, sino el de la inutilidad del éxito. O la insatisfacción ante cualquier posibilidad de éxito. ¿Qué quiere decir éxito para gentes de nuestra edad, de nuestra generación?
- Lo que ha querido decir siempre. Poder. 
Ventura litigaba ahora directamente con Fisas y notaba los nervios acechantes, de nuevo un cara a cara. 
- Poder político. 
- Hay poderes más gratificantes. Por ejemplo, el intelectual. El psicológico. El erótico. Pero poder. El poder es lo único que da sentido a la vida. 

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