LITERATURA / Francisco Umbral

FRANCISCO UMBRAL
Las Ninfas


"Las ninfas" puede tener algo de autobiográfico, aunque eso sería visualizar la punta del iceberg que nos dibuja Francisco Umbral con una prosa delicada, de altura, que nos incita a pasar la página en busca de otro párrafo memorable. Bajo la superficie, la roca del iceberg comienza a derretirse por el cambio climático como se derrite la admiración del protagonista por otros personajes capitales en el libro (su novia, María Antonieta; su amigo, Cristo-Teodorito; su referente literario, Darío Álvarez Alonso). Qué bonito es ilusionarse (aunque dependa de idealizar la figura de quienes nos rodean) y qué duro es comprender que, a fin de cuentas, nos estábamos engañando a nosotros mismos. 

(...) la exaltación anterior a la masturbación (la masturbación es efectivamente diabólica, pero no por lo que dicen los curas, sino porque supone un desdoblamiento, un desearse a así mismo, lo más monstruoso y alucinante del ser) se desvanece después y queda el hastío de la propia carne, que quisiéramos ignorar como ignoramos la carne de una mujer ya poseída, carne que poco antes era sagrada y celeste. 
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Cuanta gratitud, que no ha cesado jamás en mi vida de fluir, brotó de aquel beso, de aquella primera mujer que me decía silenciosamente que sí, que no era, y me afirmaba, porque un beso es siempre una afirmación de algo, y no sé si otras muchachas (o más fácilmente otras mujeres, las que se fijan en los adolescentes) me habían mirado antes, pero sólo ella, María Antonieta, me lo había dicho sin palabras, con esa palabra extraña, fuera de vocabulario, pero hija también de la boca, que es un beso, el beso. 
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Por otra parte, cuando el bien desea el mal, no se limita a desear un mal cualquiera, sino el peor, el privilegiado, el mal absoluto, y dentro de la cosmogonía que era aquella plaza cerrada por bancos circulares de pieda, el bien era Cristo-Teodorito y el mal era Tati, con sus vestidos excesivos para su edad, con aquellas piernas demasiado alabeadas, con aquel cuerpo que se desbordaba a sí mismo. 
Porque el hombre mediocre, el tibio, el pecador cotidiano, se conforma con cualquier cosa, pero la virtud elige y exige, y si el sueño de la razón engendra monstruos, el sueño de la virtud engendra dioses. 
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(...) doña Nati, que empezó a desnudarse en aquella penumbra roja, con mucha lentitud de carnes y mucho juego de ligas, hasta la ostentación en los armarios de luna de su cuerpo blanco, poderoso, ingente, vencido ya en una majestuosidad de vieja piedra labrada por Miguel Ángel y afrentada por el tiempo. Era una lámina de Rubens con luces de catedral y se sentó en la cama a tomarse una copita de anís con mucho primor de manos de monja, como si estuviese vestida hasta la barbilla y de visita. A ver el neófito, dijo con una sonrisa de sus dientes menudos, y Empédocles, que estaba a mi lado, me susurró lástima no haber traído el Stradivarius, pero en la habitación de al lado sonaba una radio con lamentos flamencos y yo, cuando vi a Diótima, desnudo, tembloroso, blanco, enteco, sentado en la cama junto a aquella mujer, recordé láminas de presentaciones de niños en el templo, degollaciones de inocentes y orgías de Rubens con amorcillos mejor nutridos que el poeta enamorado de Hölderlin.

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Fue algo rápido, espontáneo, fresco, ligero y fácil como nunca lo había sido. María Antonieta estaba emotiva, cargada de muerte, de soledad, de emoción, de llanto contenido, de secreto, de ausencia, y gimió entre mis brazos como nunca, desahogando quizás todos los suspiros y todos los gritos que represaba siempre en su hieratismo profundo, que yo había interpretado, no sé si con ligereza, como mimético y cinematográfico. Luego volvimos al agua en una purificación tácita y gozosa. Ya en el lejano apogeo de mis masturbaciones había descubierto que la purificación de la acequia, con sus fondos de légamo fresco y tierra saludable, era más efectiva que el beso del agua bendita en la frente y el perdón bisbiseado del cura. 

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