LITERATURA / Bernhard Schlink
BERNHARD SCHLINK
El lector
Michael Berg tiene quince
años. Un día, regresando a casa del colegio, empieza a encontrarse mal y una
mujer acude en su ayuda. La mujer se llama Hanna y tiene treinta y seis años.
Unas semanas después, el muchacho, agradecido, le lleva a su casa un ramo de
flores. Éste será el principio de una relación erótica en la que, antes de
amarse, ella siempre le pide a Michael que le lea en voz alta fragmentos de
Schiller, Goethe, Tolstói, Dickens... El ritual se repite durante varios
meses, hasta que un día Hanna desaparece sin dejar rastro.
Esta sería la sinopsis, el
punto de partida de "El lector", historia (dividida en tres actos) en la que Bernhard
Schlink (Bielefeld, 1944) nos plantea un dilema moral. En 2008 se llevó a la
gran pantalla con Kate Winslet como protagonista.
- “¡Léemelo!
- Léelo tú misma, te lo traeré.
- Tienes una voz muy bonita, chiquillo. Me apetece más escucharte que leer yo sola.
- Uf…, no sé.
Pero al día siguiente, cuando fui a besarla, retiró la cara.
- Primero tienes que leerme algo.
Lo decía en serio. Tuve que leerle Emilia Galotti media hora entera antes de que ella me metiese en la ducha y luego en la cama. Ahora ya me había acostumbrado a las duchas y me gustaban. Pero con tanta lectura se me habían pasado las ganas. Para leer una obra de teatro de manera que los diferentes personajes sean reconocibles y tengan un poco de vida, hace falta un cierto grado de concentración. En la ducha me volvían las ganas. Lectura, ducha, amor y luego holgazanear un poco en la cama: ése era entonces el ritual de nuestros encuentros.
- Tienes una voz muy bonita, chiquillo. Me apetece más escucharte que leer yo sola.
- Uf…, no sé.
Pero al día siguiente, cuando fui a besarla, retiró la cara.
- Primero tienes que leerme algo.
Lo decía en serio. Tuve que leerle Emilia Galotti media hora entera antes de que ella me metiese en la ducha y luego en la cama. Ahora ya me había acostumbrado a las duchas y me gustaban. Pero con tanta lectura se me habían pasado las ganas. Para leer una obra de teatro de manera que los diferentes personajes sean reconocibles y tengan un poco de vida, hace falta un cierto grado de concentración. En la ducha me volvían las ganas. Lectura, ducha, amor y luego holgazanear un poco en la cama: ése era entonces el ritual de nuestros encuentros.
.........
- (…) Pero la filosofía no se
preocupa de los niños. Los ha dejado en manos de la pedagogía, lo cual es un
error. La filosofía se ha olvidado de los niños -añadió con una sonrisa-, y no
sólo de vez en cuando, como me pasaba a mí con vosotros, sino para siempre.
- Pero….
- Pero en el caso de los adultos,
desde luego, tengo muy claro que no hay justificación alguna para anteponer lo
que un sujeto considera conveniente para otro a lo que éste considera
conveniente para sí mismo.
- ¿Incluso al precio de renunciar a
la felicidad?

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