LITERATURA / Ricardo Menéndez Salmón

RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN
La ofensa


Nunca había leído nada del escritor asturiano Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) y me habían recomendado su novela “La ofensa”. La historia de Kurt, un sastre a quién el estallido de la Segunda Guerra Mundial le provoca un shock tan grande que pierde por completo la sensibilidad. Su estilo por momentos sofisticado -al menos sofisticado para el que consumidor de best Sellers de lectura facilona- se compensa con un número de páginas generoso por su brevedad (142 páginas). Con ello, Ricardo ha conseguido el beneplácito tanto de crítica como público. Y que siga siendo así. 

Kurt abrazó a Rachel durante sesenta largos, sudorosos y conmovedores minutos en que ambos conjugaron los dos verbos más antiguos que hombres y mujeres frecuentan en la intimidad: amar y temer. Después, y por este orden, fumaron cigarrillos sin filtro, se asearon con jabón de pera en una descascarillada palangana, intercambiaron chismes con el único -e inútil- propósito de llenar un fragmento de tiempo doloroso, lloraron su separación en silencio y se prometieron cartas y fidelidad.
Kurt abandonó el modesto piso sin volver la vista atrás, atusándose el pelo con la mano derecha, la misma que empleaba para clavar alfileres, desgranar la línea melódica de corales para órgano y acariciar los pechos de Rachel.
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Porque, al fin y al cabo, aunque parezca poca cosa, un nombre es lo que somos.
Tampoco dos cuerpos a bordo de una barca parecen un gran capital. Casi nada en realidad. Pero aún así, aún contando con la terrible diferencia de magnitudes que deben enfrentar al compararse con el mar, con el cielo y con la siempre remota línea del horizonte, dos corazones que se obstinan en seguir latiendo significan mucho sobre el tablero de la vida. 
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(…) y comprendió que el asombro, al fin y al cabo, es una categoría de lo cotidiano, y que sólo hay un dios, el azar, y que sólo existe una religión, la casualidad, y que cualquier otra interpretación de la vida y de sus accidentes no sólo está abocada al fracaso, sino que condena a la más absoluta ceguera.  

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