CRÓNICA CONCIERTOS / Vibra Mahou Fest 2026

Más difícil que intentar que los Sex Pistols armonicen sus voces como
los Platters. Así es la empresa para los técnicos de sonido que acuden cada año
al Vibra Mahou Fest en Gijón. El evento en sí, sobre el papel, se vende solo.
Sólo hay un “pero”. Uno demasiado importante como para ignorarlo; demasiado
importante como para empezar una crónica de un festival con una crítica
constructiva. El recinto en el que se celebra tiene una acústica de mierda.
Me imagino que, visto los precedentes de las cuatro ediciones
anteriores, se han buscado alternativas (a cubierto) que no han acabado de
convencer, ya que la climatología en el Norte no invita a jugársela al aire
libre.
Ecualizar a los grupos en la nave del Recinto Ferial es como afinar un
piano en medio del sambódromo de Rio de Janeiro. El sonido rebota en las
paredes de forma caprichosa, con las voces y las guitarras distorsionadas
duplicándose a sí mismas, creando una un muro de sonido que ni Phil Spector
podría controlar. Un escenario hostil para músicos y técnicos, que no llegan a
encontrarse cómodos en ningún momento, desmereciendo el talento de los primeros
y el trabajo de los segundos.
Ante este panorama, los primeros gladiadores -llamémosles así por darle
un toque de épica al asunto- fueron Drugos, que como viene siendo habitual en
los Vibra Mahou, abrían por ser los que jugaban en casa. Lo que escuché en
discos me había gustado: ese rock and roll de herencia Stoniana que al ser
cantado en la lengua de Delibes nos lleva a acordarnos de los Tequila,
Rodríguez, Pereza o Zigarros. Los de Xixón (afincados en Madrid), además de
conocer la receta, tienen mano en la cocina, y facturan buenas canciones como
“Los Martes”, “Treinta Monedas”, “No queda tiempo” o “Siento que estoy
levitando”. Yo lo que siento, es no haberles cazado en una sala.
El sonido fue más benévolo con Fillas de Cassandra. Las gallegas meten
en la ecuación más sintes y panderetas que guitarras eléctricas, por lo que se
hacían entender mejor tras la masa sonora. Cuidan mucho la escenografía y las
coreografías, entregándose al baile con los cortes más enérgicos (“LISISTRATA.
Varre Vasoira”) y cuidando más las voces (y el mensaje) cuando la ocasión lo
requiere (“Tertulia”). Muñeiras con bases electrónicas. Folk y música urbana.
Tradición y vanguardia. De lo más destacado del festival.
Anabel Lee ondean con orgullo su eslogan “Ni indie, ni punk”. De lo
primero tienen ese ADN tan trillado en la música mainstream: canciones de menos
de cuatro minutos en compases de 4/4 y estribillos pegajosos; de lo segundo, un
buen ritmo de BPMs, la estética y la actitud, especialmente palpable en un
incasable y saltimbanqui Albert Perdices. Los de Barcelona, a pesar de tener un
buen repertorio plagado de hits fácilmente coreables, se pelearon con el
sonido, tal y como hicieron en su día en el CBGB esas bandas punk que
seguramente admiran, desde los Bad Brains hasta Gorilla Biscuits, y cómo no,
los Ramones.
Si Anabel Lee habían sonado mal, miedo me daban Parquesvr. Era la
primera vez que me los encontraba sobre un escenario y algo me decía que en
esta ocasión no se iba a hacer justicia a su potente directo. Había que poner
todos los sentidos para distinguir más allá del bombo y la caja de la batería y
de la tormenta de sintes que tapaba todo lo demás. El suyo me recordó a un
concierto que había visto de Misfits en el que tenía que esforzarme por
reconocer qué canciones estaban tocando. Las letras mordaces e irónicas de los
madrileños son lo que les ha hecho destacar y si no entiendes lo que está
escupiendo por el micro el bueno de Javi Ferrara, pues mal asunto. Me queda una
cuenta pendiente con ellos.
Ginebras repetían en el Vibra Mahou de Gijón, dónde precisamente las había visto por primera vez en aquella primera edición del 2022. Magüi, Sandra, Raquel y Juls ya venían con el ritmo en el cuerpo tras haber colaborado unas horas antes con sus colegas de Anabel Lee. Con los años, Ginebras han ido fidelizando público, y también ganándose a las nuevas generaciones. Aunque sus canciones tengan mensaje para masticar, el mayor acierto de Ginebras es hacer ese mensaje apto para todos los públicos gracias a fraseos sencillos que se te pegan con una simple escucha. Reconozco que no soy precisamente fan de su música, lo que no quita que reconozca que sus directos son frescos y divertidos, carne de festivales. Ellas cada vez tocan mejor y sus grandes hits (“Crystal Fighters”, “Paco y Carmela”, “Ansiedad”…) están consolidándose en el cancionero pop patrio.
A Alcalá Norte les he visto tres veces en el último año (y una cuarta
que está al caer: este fin de semana en el Ouren Sound), y con ellos me pasa
algo curioso: me gustan más en disco que en directo. Me flipa el sonido que
consigue Carlos Elías con su guitarra, mirando de reojo a Joy Division o The
Cure, y más cerca de casa, a Valdivia. Los teclados de Laura de Diego le da al
grupo ese colchón más propio del dream pop. Me hice a la voz de Álvaro Rivas, no
así a sus formas sobre las tablas. No pido tampoco que sea Iggy Pop, pero verle
plantado en mitad del escenario mientras el resto de la banda se entrega me saca
por completo del concierto. Seguro que hay fans que están bajando del cielo a todos mis
muertos, pero tienen que entender que no se puede gustar a todo el mundo y que
quizá Álvaro Rivas acabe marcando tendencia como en su día lo hicieron Ian Curtis o David Byrne. Este próximo finde intentaré verles con nuevos ojos..., y mejores oídos.
Los encargados de cerrar esta quinta edición del Vibra Mahou Fest en Gijón eran León Benavente, que por su vínculo con Nacho Vegas, casi se podía decir que jugaban en casa. Para mí son una de las bandas con mejor directo de la escena, y que sonasen medianamente dignos en el Recinto Ferial les da aún más mérito. Se notan los años de complicidad entre César Verdú, Edu Baos y Luis Rodríguez, que cuando arrancan son un torbellino, imponiendo una base fértil para que Abraham Boba destaque como lo que es: un frontman de la hostia. Boba sabe desde el principio que no tiene una voz poderosa, lo que no le impide apoderarse del escenario.
León Benavente han conseguido un estilo único que algunos osados se han atrevido a seguir (véase mismamente Parquesvr), una explosión de rock, electrónica y spoken word. Les he visto más de una decena de veces, en salas o en festivales, y cuando escucho temarracos como “Ánimo, Valiente”, “La Ribera”, “Gloria”, “California”, “Ser Brigada” o “Ayer salí”, León Benavente me parecen imbatibles.
Para mí, el suyo fue el concierto de esta quinta edición del Vibra Mahou, cuya organización modélica se vio empañada de nuevo por la logística. Tienen todos los mimbres para hacer una fiesta estupenda, espero que le busquen solución al único “pero” que tiene este festival privameral.






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