LITERATURA / Fernando Fernán-Gómez

FERNANDO FERNÁN-GÓMEZ
El mal amor



Fernando Fernán-Gómez siempre tuvo un toque malicioso, tan honesto como irónico. En "El mal amor", un arcipreste al que le encantan las juergas y las mujeres, es encerrado durante un año en un monasterio debido precisamente a sus conductas. En ese año de castigo el arcipreste escribe un libro en el que explora sus miedos y contradicciones, como amar sin la capacidad de poseer al ser amado y una especie de fiebre bautizada como "amor cortés".  

Así, si a cualquiera de estas personas poco reflexivas y también poco ilustradas, se les dijera que durante muchísimo tiempo las gentes vivieron sin amor y sin percibir su falta, y sin que esa falta les perjudicara y deteriorase en nada su existencia -pues ya se sabe que no se puede añorar lo que no se conoce-, y que durante todas aquellas épocas se desarrolló la vida en común, y trabajaron los pobres y pidieron limosna los mendigos, y traficaron los mercaderes y cocinaron, lavaron, fregaron, hilaron, segaron las esposas y las hijas, y rezaron los curas y los frailes, y se condenaron los malos y se salvaron los buenos, y disfrutaron de la vida los ricos y gobernaron y pleitearon y guerrearon los nobles y los monarcas y los papas, y murieron en la horca los delincuentes y en las hogueras los brujos y las brujas y los herejes y no dejaron de preñarse tanto las bestias como las mujeres, ni de nacer niños y cachorros de perros o de leones, y de empollar huevos tanto la gallina como la hembra del águila o del pavo real, creerían que quién les hablaba mentía, pues tan dentro de sus entendederas les han metido desde hace años la creencia de que el amor todo lo mueve. 

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- Lo hombres feos y las mujeres feas, si es que alguna existe, están capacitados para sentir el amor, ¿a quién puede caberle duda? (...)  pero, desdichadamente para ellos, despertarlo les será más difícil (...) El verdadero amor -continuó Jean de Touchelá-, el nuevo amor, el amor loco, el que empieza en la contemplación absorta de la hermosura y nos promete acabar en los placeres inefables del tacto, tiene el inconveniente de estar reservado a los seres bellos; pero tiene también las ventajas de que nos hace comprender el misterio de la naturaleza, de satisfacer a un tiempo los cinco sentidos, de que primer eleva el espíritu y lo exalta, para después serenarlo y sumirlo en apacible reposo. El amor no es felicidad egoísta, sino la felicidad compartida. 

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- ¿Y en qué... en qué advertisteis que la amabais?
Soltó una gran carcajada don Gaspar al exclamar:
- ¡Jocosa pregunta! (...) ¡En lo de siempre!
- ¿Y puedo saber, don Gaspar, a qué llamáis vos "lo de siempre"?
- Pues ¿a qué va a ser? A que empieza a ponérsele a uno la verga tiesa y dura como un palo (...).
- ¿Eso es para vos el amor, don Gaspar?
- Sí; y unos tremendos deseos de fornicar. 

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- (...) Lo que importa en relación con el amor es la fe en el propio amor y en su capacidad de crear amor en los demás. Si amamos sin crear al mismo tiempo amor, si nuestro amor no es fuente de amor en la persona amada, y así pasamos a ser amados también nosotros, el amor más que una dicha es una desgracia. El amante es el que obra, el que actúa. El amado permanece inactivo. Y sin embargo su belleza, su facultad de agradar, absolutamente necesaria para despertar el deseo, emanan una fuerza a los ojos del amante, que es tan activa como el amor. Esa fuerza, esa atracción le mueve, le arrastra, modifica sus sentimientos y sus acciones y le hace amar cada vez más. 

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