miércoles, 21 de octubre de 2015

CRÓNICA CONCIERTOS / Toundra

TOUNDRA
Sala Sir Laurens (Oviedo)
Viernes 16 de octubre 2015

Toundra nos regalaron un buen puñado de postales para esconderte del mundo cuando este no te guste. Aquellos que supieron apreciarlas disfrutaron de una experiencia gratificante e inolvidable. 

TEXTO y FOTOS: Jonathan Pérez del Río


Historias cómo la de Toundra son necesarias en el mundo de la música. Que un grupo que hace rock instrumental / post-rock se cuele entre Pablo Alboran y Melendi en lo más alto de las listas de ventas de nuestro país, saltando así las barreras del mainstream y rompiendo las fronteras del underground, es un fenómeno difícil de entender. Con cada disco lograron superarse a sí mismos, consiguiendo el beneplácito unánime de la crítica especializada, abriendo así las puertas al gran público. Y no han necesitado voz para hacerse oír.

Sin inventar nada nuevo, han sabido dar con la tecla, con un sonido identificable que parece llegar a mucha gente. ¿Cuántos grupos pueden presumir de poder haber tocado en festivales de tanto caché y tan diferentes como el Primavera Sound, el FIB, el Resurrection Fest o el Arenal Sound? Llenan en cualquier sala, en cualquier rincón del país, y son una de las bandas emergentes más internacionales que ha dado nuestro país en los últimos años.


Con estos credenciales se presentaban Toundra en suelo astur, y se notaba la expectación, pues su última visita databa del verano del 2013 en el festival Navia Rock / The Venera Sound. Además, en esta ocasión venían con nuevo disco bajo el brazo (“IV”, lanzado por  una filial del sello internacional Century Media).

Lo cierto es que la propuesta de Toundra es tan (permítanme el “pastelismo”) bonita que el entorno donde tocan también puede ser una baza importante. Uno se los imagina tocando entre los árboles (el Songs For An Ewan Day de Salinas sería ideal) o en atardeceres a pie de playa (Dunajam en California). Y en el caso de adaptarse a una sala, con un buen juego de luces y con la posibilidad del uso de proyecciones.
Aún siendo la Sir Laurens una gran sala, no era este el caso. Tras unos 20 minutos de retraso sobre la hora prevista (22:30) comienzan a sonar los pájaros y demás reclamos silvestres, y en unos segundos todo parece detenerse. El comienzo de “Strelka” (elegida para abrir sus shows) amansa a las fieras en los inicios, para agitarlas poco después con un crescendo poderoso. Una montaña rusa de emociones donde se pasa la calma a la tormenta (y viceversa) sin darse apenas cuenta. 


Y si idónea es “Strelka” para abrir un disco o un concierto, “Marte” es una apuesta segura para dar un plus de intensidad ya en los inicios. El sonido es abrumador, aunque la guitarra de Esteban esté tapada por el resto de la banda: Alex nos muestra toda su pegada a la percusión, el bajo de Alberto suena tan atronador cómo acostumbra, y Macón se luce con constantes punteos que parecen juguetear traviesos por encima de sus compañeros. La puesta escénica ayuda a trasmitir todo ese torrente de energía que viene del escenario, canalizándola de alguna manera hacía los allí presentes.


Durante una hora y media pasadas, Toundra van tocando lo mejor de un repertorio que ya empieza a asustar. Pueden permitirse el lujo de dejar fuera joyas cómo “Requiem”, o de privarse del baño nostálgico que supone “Medusa”.
Suenan “Magreb”, la explosiva “Zanzibar”, “Qarqom”, “Ara Caeli”, “Cielo Negro”, y la celebrada “Oro Rojo”, y en el ambiente pululan Russian Circles, Explosions In The Sky, God Is An Astronaut, Mogwai y demás gigantes del género.
Y llega uno de los momentos más esperado de la noche: "Bizancio". Se agotan los adjetivos para describir esta maravilla que, para el que esto escribe, es una debilidad reconocida.

Parecía innegociable comenzar con “Strelka” y acabar con “Bizancio”, y por ello me acerco a los pedales de Macón y le robó el set list. Lo miro. Efectivamente, no hay más. Pero los amplis siguen encendidos, y para sorpresa de todos, salen para regalarnos algún manjar más. Hablan entre ellos y arrancan con la preciosa “Kitsune”. Con la mano hacen un gesto de despedida, y leemos en sus labios: “Gracias. Esta es la última”. La última es “Belenos”, que quizás no es el broche perfecto, pero que supone un regalo más que nadie esperaba.


Decía Eduardo Mendoza que “cada individuo es autor de sus propios sueños. (…) una película que se proyecta en sesión única y para un solo espectador”. La música de Toundra nos mueve hacia esos terrenos donde cada uno es libre de montarse su propia historia, donde no hay reglas ni ataduras, donde cada interpretación es aceptada. Sin embargo, al igual que siempre hubo (y habrá, pues en esto de los gustos no hay nada escrito) gente que nunca supo (ni quiso) digerir a Miles Davis o Jimi Hendrix, hay audiencias que tampoco están preparadas para disfrutar de este tipo de conciertos, exigentes para el oyente, pues obligan a este a sumergirse en una atmósfera paralela.

Aquellos que sean capaces de lograrlo volarán tan lejos cómo les permita su imaginación. Y Toundra pueden ser la Banda Sonora perfecta para semejante viaje lisérgico. 

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