sábado, 17 de octubre de 2015

LITERATURA / Robert James Waller

ROBERT JAMES WALLER
Los Puentes de Madison County


Reconozco que la primera vez que ví la adaptación que hizo el gran Clint Eastwood a la gran pantalla, no tenía ni la menor idea de la existencia del libro, y mucho menos de que este estuviese inspirado en una historia real. Por ello, la novela de Robert James Waller fue para mí un regalo añadido, un mundo nuevo a explorar. La preciosa historia entre Francesca Johnson y Robert Kincaid, que vivieron un apasionado romance de sólo 4 días, pero tan intenso que les acompañó hasta el lecho de muerte. Una historia tan maravillosa cómo inverosímil en los tiempos que corren. 

En estos viajes siempre le daba por hace un inventario. El perro era parte de ese inventario. Robert Kincaid estaba lo más solo que se puede estar. Era hijo único, sus padres habían muerto; sólo le quedaban unos parientes lejanos que le habían perdido la pista, como él a ellos. (...) Fuera de ellos, no conocía bien a casi nadie. A los gitanos les cuesta hacerse amigos de la gente común, y él era un poco gitano. 

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No era la primera vez que Robert Kincaid servía coñac después de la cena. 
Francesca se preguntó en cuántas cocinas, en cuántos buenos restaurantes, en cuántas habitaciones con luces tenues había realizado ese pequeño gesto.  Cuántas manos con uñas largas -apoyadas en los pies de las copas, delicadamente dirigidas hacia él- había mirado, cuántos pares de ojos azules o de oblicuos ojos castaños lo habrían mirado en noches extranjeras, mientras veleros anclados se balanceaban cerca de una costa y el agua golpeaba contra los muelles de antiguos puertos. 

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Tenía una mirada directa, y algo dió un salto dentro de ella. Los ojos, la voz, la cara, el cabello plateado, la flexibilidad con que se movía su cuerpo, todo despertaba sensaciones perturbadoras e irresistibles. Todo en él evocaba una de esas imágenes que hablan en susurros cuando uno está a punto de dormirse, cuando han caído todas las barreras. Una de esas imágenes que reorganizan el espacio molecular entre macho y hembra, independientemente de la especie.



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Con la cara hundida en el cuello de Robert y la piel contra la de él, Francesca olía ríos y humo de leña, oía trenes de vapor que salían de estaciones invernales en noches de un pasado remoto, veía viajeros vestidos de negro que avanzaban sin cesar por ríos helados y praderas estivales, marchando hacia el fin de las cosas. El leopardo saltaba sobre ella, una y otra vez, y otra, y otra, como el vendaval en las llanuras, y, deslizándose sobre él, ella cabalgaba en ese viento como una sacerdotisa hacia los dulces fuegos obedientes que marcaban la suave curva del olvido. 

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